
¿Muros para proteger o muros para dividir?
por fray Rijo Mulavarickal Polachan, OFM Conv.
Soy el fraile Rijo. Crecí en Kerala, India, y ahora sirvo con los frailes en El Paso, Texas.
Cuando pienso en mi infancia, recuerdo días sencillos y alegres. Los fines de semana, mis amigos y yo nos levantábamos temprano y jugábamos al críquet hasta que nuestros padres venían a buscarnos y nos llevaban a casa a comer. Parábamos en casa de cualquiera para comer, incluso en la de los del equipo contrario. Antes de los teléfonos inteligentes, las tabletas y las redes sociales, la vida parecía más abierta. Los vecinos se conocían. Los niños se movían con libertad. Las puertas eran más acogedoras.
Cuando regreso a Kerala, veo algo diferente. Hay altos muros perimetrales, cercas de alambre, cámaras de seguridad y letreros de "Cuidado con el perro". Puede que la gente tenga mayor nivel educativo y una mejor situación económica, pero muchos parecen más aislados entre sí. Ese cambio me hace reflexionar sobre mi vida actual en El Paso.
Cuando llegué a Texas hace tres años, me asombró la diversidad cultural y la hospitalidad de esta comunidad fronteriza. El Paso tiene una belleza singular. Sin embargo, cada día, al conducir por la carretera fronteriza hacia la Universidad de Texas en El Paso, donde participo en el ministerio católico universitario, veo un muro.
He escuchado muchas historias de tiempos pasados, cuando El Paso, Texas, y Ciudad Juárez, México, se sentían como una sola comunidad. Las familias se visitaban. Los estudiantes cruzaban la frontera con facilidad. La vida transcurría con una libertad que muchos recuerdan ahora con tristeza.
Hoy, el muro se erige como un símbolo visible de separación. Para algunos, puede representar protección. Para otros, es un recordatorio de miedo, división e incertidumbre.
Los estudiantes a los que atiendo suelen llevar estos sentimientos en su interior. Los estudiantes internacionales, en particular, hablan de ansiedad, preocupaciones migratorias, presión económica e incertidumbre sobre el futuro. A veces puedo percibir esa inquietud en sus ojos incluso antes de que pronuncien una palabra.
Y sin embargo, cuando veo pájaros volando libremente sobre el muro fronterizo, mi corazón se llena de alegría.
Esos pájaros me recuerdan que la Creación de Dios no ve fronteras como nosotros. Me recuerdan que la familia humana es más grande que las divisiones que construimos. Me recuerdan la oración a San Francisco que el Papa León XIV ofreció durante este Año Jubilar, pidiendo que busquemos la fuente de toda reconciliación, Aquel que derriba todo muro.
Esto no significa que el mundo sea simple, ni que las fronteras, la seguridad, el miedo y la responsabilidad sean cuestiones fáciles. Pero sí significa que, como franciscanos, debemos seguir preguntándonos qué tipo de muros estamos construyendo y si protegen la vida o dividen los corazones.
San Francisco nos llama a ser instrumentos de paz. En El Paso, ese llamado se vuelve muy real. Nos pide que acompañemos a quienes tienen miedo, que escuchemos a quienes se sienten olvidados y que construyamos puentes dondequiera que el mundo levante muros.




