
Que todos seamos franciscanos
por el fraile Marcos Quesada Navarro, OFM Conv.
Soy un fraile franciscano conventual de Costa Rica y miembro de la Custodia de María, Madre de la Misericordia, dentro de la Provincia de Nuestra Señora de la Consolación. También enseño teología franciscana en Roma, un ministerio que me acerca cada vez más a la vida y la visión de San Francisco. Al celebrar este Año Jubilar Franciscano, los invito a ver el 2026 como algo más que un aniversario. Ochocientos años después del fallecimiento de San Francisco, la Iglesia no solo mira hacia atrás con afecto, sino que está llamada a mirar hacia adelante con valentía.
San Francisco no pertenece solo al pasado. Su testimonio no se ha desvanecido con el tiempo. En muchos sentidos, los siglos transcurridos desde su muerte solo han hecho que su vida brille con mayor claridad. Sigue hablando a un mundo que anhela la paz, agotado por la división, herido por la violencia y, a menudo, sin saber dónde encontrar esperanza.
El papa León XIV situó la paz en el centro de este Año Jubilar de San Francisco. Esto es apropiado, pues la paz fue fundamental en los dones que Francisco recibió de Dios y compartió con los demás. Su saludo, “Que el Señor os dé la paz”, no era una frase agradable ni una mera cortesía religiosa. Era una forma de vida.
Para Francisco, la paz comienza como un don de Dios. Debe recibirse con humildad, protegerse mediante la oración y luego llevarse al mundo a través de actos cotidianos de reconciliación, sencillez y amor. Francisco no ofreció la paz como una estrategia política, sino como un camino espiritual. Este camino es urgentemente necesario hoy.
La paz franciscana nunca se limita a un solo aspecto de nuestra vida. Incluye la paz con Dios, la paz entre las personas y la paz con la Creación. Estas no son independientes. Un corazón reconciliado con Dios se vuelve más paciente con los demás. Quien ve a cada criatura como un hermano o una hermana se vuelve más atento a la tierra. Una comunidad moldeada por el Evangelio se vuelve más atenta a los pobres, vulnerables, olvidados o temerosos.
En este Año Jubilar, quizás podamos ofrecer una invitación audaz pero profundamente cristiana: Que todos seamos franciscanos.
No todos están llamados a vestir el hábito o a ingresar a la vida religiosa. Pero todos podemos recibir algo del espíritu que San Francisco vivió con tanta claridad: humildad, alegría, fraternidad, reverencia por la Creación, cuidado de los vulnerables y la valentía para buscar la paz donde otros se han rendido.
Para nuestra Provincia de Nuestra Señora de la Consolación, la invitación del Papa León llega en un momento trascendental. Al comenzar nuestra Provincia su segundo siglo, la pregunta que se nos plantea no es solo cómo recordamos a San Francisco, sino cómo cultivamos su espíritu para moldear los próximos 100 años de vida y ministerio franciscano.
El Jubileo Franciscano es más que una serie de celebraciones solemnes. Es un punto de inflexión: un compromiso renovado con un mundo más pacífico, más fraterno y más atento a la belleza de la Creación de Dios.
Ochocientos años después, el pequeño hermano de Asís sigue señalándonos el camino hacia Cristo. El futuro aún necesita el espíritu franciscano que él vivió con tanta fidelidad.




